¿Son cobardes los cubanos? La historia que muchos prefieren olvidar

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Por Luis Alberto Ramírez ()

Miami.- Hay quienesme leen y se atreven a afirmar que, si los cubanos no han logrado derrocar al gobierno que los oprime, es porque son cobardes; porque no se atreven a enfrentarse a la dictadura como lo hicieron Fidel Castro y el Movimiento 26 de Julio a finales de los años cincuenta.

Pongamos semejante afirmación en perspectiva, porque juzgar la realidad cubana de hoy sin analizar las circunstancias históricas en las que triunfó la revolución de 1959 es, cuando menos, una muestra de desconocimiento.

Antes de entrar de lleno en materia, quiero dejar algo bien claro: si el Movimiento 26 de Julio hubiera realizado hoy en Cuba las mismas acciones que llevó a cabo durante los años cincuenta, sus integrantes serían considerados terrorista ( y todos hubieran sido fusilados).

Colocar petardos en lugares públicos, como cines, teatros, bares y otros espacios de esparcimiento civil, constituye una acción que pone en peligro a la población. Asaltar emisoras de radio con armas largas, atacar palacios presidenciales y tomar cuarteles militares mediante la violencia son acciones armadas que, según sus circunstancias, pueden constituir actos terroristas.

Sin embargo, cuando aquellas acciones se ejecutaban contra el gobierno de Fulgencio Batista, sus protagonistas eran llamados revolucionarios y libertadores.

¿Y si alguien se hubiera atrevido a realizar acciones semejantes durante la era castrista? ¿Qué habría sucedido si un grupo de cubanos hubiera asaltado un cuartel militar o una emisora de radio para combatir al gobierno de Fidel Castro?

Conociendo la naturaleza represiva del régimen, podemos imaginar las consecuencias: sus integrantes habrían sido perseguidos, encarcelados y, en determinados casos, incluso fusilados.

Entonces, la pregunta es inevitable: ¿por qué lo que ayer se consideraba una lucha revolucionaria contra una dictadura hoy se presenta como un crimen imperdonable cuando se dirige contra otra?

La respuesta exige analizar las circunstancias en las que se desarrollaron ambos procesos.

Las diferencias entre la cuba de Batista y la de los Castro

En los años cincuenta, Cuba contaba con armerías donde podían adquirirse armas, existían medios de comunicación que criticaban al gobierno y había espacios de oposición política que permitían denunciar los abusos del poder. Aunque la prensa y la opinión pública estaban lejos de ser uniformes, una parte importante de los medios y de los sectores sociales respaldó la lucha contra Batista.

Ese ambiente contribuyó a crear las condiciones políticas y sociales que favorecieron al Movimiento 26 de Julio.

Incluso después del asalto al cuartel Moncada, el proceso judicial contra Fidel Castro y sus compañeros no terminó con la eliminación física de todos los participantes. Hubo condenas de prisión y, posteriormente, una amnistía que permitió su excarcelación en 1955.

Salieron de prisión, abandonaron Cuba, se reorganizaron, consiguieron armas y regresaron para continuar la lucha armada.

Y aquí surge otra pregunta que merece una explicación seria: ¿cómo logró un grupo de apenas 82 expedicionarios, encabezados por Fidel Castro, derrotar finalmente a un ejército profesional que contaba con miles de hombres, además de aviación y marina?

¿Fue exclusivamente el resultado de sus propias fuerzas militares?

La historia es bastante más compleja que esa versión simplificada.

La lucha contra Batista estuvo condicionada por múltiples factores: el creciente rechazo popular al gobierno, la actividad de distintos movimientos opositores, la pérdida de legitimidad del régimen, las divisiones internas y el debilitamiento de sus apoyos políticos y militares.

Pero también existió un factor internacional que no puede ignorarse: la posición de Estados Unidos.

Washington impuso restricciones al suministro de armas al gobierno de Batista en 1958, una decisión que contribuyó a debilitar su posición militar. Al mismo tiempo, la oposición cubana se benefició de un contexto internacional en el que el régimen batistiano perdía respaldo.

El yate Granma, utilizado por los expedicionarios para regresar a Cuba en 1956, había sido adquirido en Estados Unidos. La obtención de recursos, armas y medios para sostener una insurrección armada plantea interrogantes legítimos sobre las fuentes de financiación y las redes de apoyo de aquella lucha.

No sería serio atribuir toda la victoria a un solo factor, pero tampoco lo sería ignorar la influencia de las circunstancias internacionales.

Fidel Castro no llegó al poder únicamente porque tuviera voluntad de combatir. Llegó en un contexto en el que confluyeron la oposición interna, los errores de Batista, el aislamiento progresivo de su gobierno y factores internacionales que contribuyeron a su caída.

La historia no se explica mediante leyendas.

¿Qué tienen los cubanos para enfrentar al castrismo?

Ahora comparemos aquellas circunstancias con la realidad actual de Cuba.

¿Qué tienen los cubanos de hoy para enfrentarse al régimen que los oprime?

No tienen libertad para adquirir armas y organizar una resistencia armada legal. No cuentan con una prensa independiente de alcance nacional que pueda denunciar sistemáticamente los abusos del poder. Carecen de partidos políticos libres, de garantías para organizarse y de instituciones independientes capaces de protegerlos frente a la represión.

Tampoco cuentan con las mismas posibilidades de organizar públicamente una oposición, recaudar fondos o establecer estructuras políticas sin exponerse a la vigilancia, la persecución y el encarcelamiento.

Quien se atreve a desafiar al sistema puede terminar acusado de delitos contra la seguridad del Estado, condenado a prisión o sometido a otras formas de represión.

En esas condiciones, comparar al cubano de hoy con el combatiente de los años cincuenta, como si ambos dispusieran de las mismas posibilidades, es desconocer deliberadamente las diferencias entre dos escenarios históricos.

No se puede exigir a un pueblo que actúe como si tuviera libertades, recursos y espacios de organización que el propio gobierno le ha arrebatado.

Y mucho menos se puede llamar cobarde a quien vive bajo un sistema que castiga la disidencia, controla los medios de comunicación y utiliza sus instituciones para perpetuarse en el poder.

La valentía de un pueblo no se mide únicamente por la cantidad de personas que se lanzan a la calle, sino también por el precio que están dispuestas a pagar quienes se atreven a desafiar al poder cuando saben que pueden perder su libertad.

Los cubanos que han protestado, los que han sido encarcelados por sus ideas, los que denuncian los abusos del régimen y los que se niegan a aceptar la propaganda oficial también forman parte de esa lucha. Su resistencia no debe medirse exclusivamente por el resultado inmediato de sus acciones.

¿Por qué los cubanos no pueden pedir ayuda internacional?

Llegados a este punto, considero legítimo formular otra pregunta: ¿por qué los cubanos no pueden solicitar a Estados Unidos y a la comunidad internacional un apoyo efectivo para recuperar sus libertades?

No estoy hablando de imponerle a Cuba un gobierno desde el extranjero ni de sustituir la voluntad de los cubanos por los intereses de otra nación. Hablo del derecho de un pueblo a recibir solidaridad internacional frente a un sistema que le niega las libertades fundamentales.

Si durante la lucha contra Batista existieron factores internacionales que contribuyeron a debilitar su gobierno, ¿por qué hoy se pretende presentar cualquier apoyo externo a la oposición cubana como una intromisión inaceptable?

¿Acaso la solidaridad internacional solo es legítima cuando favorece a quienes terminan gobernando?

Aquí me viene a la mente una de las ideas centrales de Rebelión en la granja, de George Orwell: todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros.

¿Será que, para Estados Unidos y para determinados sectores de la comunidad internacional, hay unos cubanos más iguales que otros?

¿Será que la libertad fue un derecho legítimo cuando se trataba de combatir a Batista, pero deja de serlo cuando quienes la reclaman son los cubanos que viven bajo el castrismo?

No pretendo ignorar las diferencias entre los dos períodos históricos ni las complejidades de la política internacional. Lo que cuestiono es el doble rasero de quienes juzgan las aspiraciones de libertad de los pueblos según sus preferencias ideológicas o sus intereses geopolíticos.

Cuba necesita ayuda y la necesita ahora

Los cubanos necesitan ayuda para salir del castrismo. Una ayuda que puede y debe provenir de la Unión Europea, de Estados Unidos, de las Naciones Unidas y de cualquier gobierno, institución u organización internacional dispuesta a contribuir a una transición democrática.

Esa ayuda puede traducirse en respaldo a la sociedad civil independiente, protección de los derechos humanos, apoyo a los medios libres, asistencia a los presos políticos, presión diplomática efectiva y garantías para que los cubanos puedan decidir su futuro sin miedo ni represalias.

No se trata de que otros hagan por los cubanos lo que les corresponde decidir a ellos. Se trata de que no se les abandone a su suerte mientras un poder autoritario mantiene el control de las instituciones, restringe las libertades y castiga a quienes lo cuestionan.

Por eso me parece injusto, además de superficial, llamar cobardes a los cubanos sin analizar las condiciones en las que viven ni las consecuencias de enfrentarse al poder.

No se puede exigir a un pueblo que derribe con las manos desnudas una estructura de poder que controla las armas, las instituciones, los medios de comunicación y los mecanismos de represión, y después acusarlo de cobardía porque no lo consigue.

Los cubanos necesitan solidaridad, apoyo y oportunidades reales para conquistar su libertad.

De Estados Unidos, de la Unión Europea, de las Naciones Unidas o, si fuera necesario, hasta de la Madre Teresa de Calcuta.

Pero la necesitan ya. Porque la libertad de un pueblo no debería depender de que el mundo decida, algún día, que ha llegado el momento de prestarle atención.

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