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title: ¿Por qué los cubanos no protestan?
date: 2026-10-19T13:23:03Z
modified: 2026-10-19T13:23:03Z
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excerpt: El silencio en Cuba no es misterio, es miedo. Descubre cómo la represión ha silenciado la protesta y por qué millones eligen emigrar en lugar de gritar.
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Por Max Astudillo ()

La Habana.- No se trata de una pregunta retórica. Se trata de una autopsia. El silencio de las calles cubanas no es un misterio ni una vocación de mansedumbre: es el resultado de una pedagogía del miedo impartida durante sesenta y siete años con una meticulosidad que no admite aficionados. El régimen no se limitó a prohibir la protesta; se dedicó a extirpar el reflejo mismo de reclamar. Y lo logró con una eficacia que aún hoy desconcierta a quien observa desde la distancia.

Piense en el elefante del circo. De cría lo ataron a una estaca. Forcejeó, se lastimó, aprendió que la estaca era invencible. Cuando fue adulto, un animal de varias toneladas, siguió atado a la misma estaca diminuta. No escapa porque _cree_ que no puede. El castrismo hizo lo mismo con los cubanos: a la primera protesta, cárcel; a la primera queja, el trabajo a la calle; al primer gesto de rebeldía, la universidad cancelada, el juicio sumarísimo, la condena amañada.

El artículo 120.1 del Código Penal cubano castiga con penas de cuatro a diez años de prisión a quien “ponga en peligro el orden constitucional”. El 209.1 impone penas de uno a tres meses por participar en manifestaciones no autorizadas (y no existen las autorizadas). Y el nuevo Código Penal de 2022 amplió los tipos penales —desacato, desórdenes públicos, ultraje a símbolos— para que casi cualquier cosa pueda ser delito. Con ese arsenal, protestar no es un derecho: es una apuesta con las probabilidades en contra y el precio ya escrito.[](https://www.amnesty.org/es/documents/amr25/8266/2024/es/)

## El silencio denso, fruto de la represión

El resultado es una mutilación conductual que opera por debajo de la conciencia. Para un cubano que ha crecido bajo ese fuego, protestar no está en su ADN. No porque le falte dignidad, sino porque le sobra memoria. Sabe lo que le costó a su vecino, a su compañero de trabajo, al muchacho de la esquina. Sabe que la primera vez no hay advertencia: hay detención. Y que después vienen las consecuencias en cadena: la expulsión de la universidad, el despido, la vigilancia permanente, el cartel de “contrarrevolucionario” que lo condena al ostracismo.

La mayoría no protesta porque ha internalizado el cálculo de que el costo es irreversible. Y prefiere irse. Dejar la casa que construyó con sudor, el barrio donde aprendió a caminar, la tierra de sus muertos. La “salida” —como bien describen los estudios sobre la Cuba post-2021— se ha convertido en la válvula de escape frente a la ausencia de “voz”. Millones han elegido el aeropuerto antes que la plaza. Y eso no es cobardía: es una forma silenciosa y desgarrada de decir que el precio de quedarse a gritar es demasiado alto.

El 11 de julio de 2021 fue la excepción que confirma la regla. Por unas horas, miles de cubanos salieron a las calles en un estallido espontáneo que rompió el hechizo. La respuesta del régimen fue de una brutalidad ejemplarizante: más de 1.400 detenidos y 790 imputados, con penas de hasta 30 años de prisión dictadas en juicios sumarios, sin garantías, con testigos que eran los mismos policías que golpearon a los acusados.

Años después, el saldo sigue creciendo: los informes independientes documentan más de 1.300 presos políticos en la isla, una cifra récord que no ha dejado de subir desde entonces. El mensaje quedó grabado a fuego: si osáis salir, esto es lo que os espera. Y el silencio volvió, más denso, más pesado, más “normal”.[](https://www.consilium.europa.eu/es/press/press-releases/2022/03/30/cuba-declaration-by-the-high-representative-on-behalf-of-the-eu-on-the-trials-and-sentences-related-to-the-demonstrations-of-11-and-12-july-2021/?1648759132564)[](https://www.vozdeamerica.com/a/a-seis-meses-protestas-cuba-enu/6392738.html)

## La desmemoria de algunos

Hay un detalle que duele más que la represión misma: la diáspora. Muchos de los que se fueron siguen hablando de Cuba como si aún estuvieran vigilados. Bajan la voz, miran a los lados, eligen las palabras con el mismo cuidado de quien teme que un micrófono oculto registre la herejía. El miedo viaja con ellos, en la maleta, y no desembarca en el aeropuerto de destino. Pero otros, en el extremo opuesto, se han erigido en jueces implacables de los que se quedaron.

Estos exigen una heroicidad que ellos nunca practicaron. Les reprochan no haber protestado cuando estaban dentro, cuando sabían —porque lo vivieron— que un “hollejo” tirado a un chino podía costar una paliza o un expediente. Es fácil señalar la estaca desde el otro lado del mar. Lo difícil es haber estado atado a ella.

La pregunta, entonces, no es por qué los cubanos no protestan. La pregunta es cuánto más puede sostenerse un país sobre la base del miedo, la resignación y el silencio. El castrismo no solo encarceló a miles; encarceló el gesto mismo de la queja en la conciencia de generaciones enteras. Mutiló la costumbre. Y una costumbre mutilada tarda décadas en volver a crecer.

Mientras tanto, el elefante sigue mirando la estaca, convencido de que no puede arrancarla, aunque le sobre la fuerza. Y del otro lado del mundo, algunos le gritan que tire, sin recordar que ellos también estuvieron atados, y que tampoco tiraron.

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