Escuchar este artículo
Audio en proceso de generación.

Por Anette Espinosa ()

Hay países que colapsan con estrépito, entre bombas y revoluciones, y hay otros que se desvanecen en la penumbra de las estadísticas, sin que el mundo apenas se percate. Cuba pertenece hoy a esta segunda categoría. La isla atraviesa una crisis demográfica de proporciones históricas, un vaciamiento silencioso que no necesita tanques ni proclamas para consumarse: basta con mirar las calles de La Habana, donde los parques se llenan de ancianos y las escuelas tienen falta de niños.

Según cifras oficiales —esas que el gobierno suele esgrimir con orgullo cuando le convienen—, en el último año murieron el doble de cubanos de los que nacieron. Un país donde la muerte supera al nacimiento no es un país en crisis: es un país en retirada.

El envejecimiento poblacional es la primera herida visible de este colapso. Cuba ostenta hoy la estructura etaria más envejecida de América Latina, con más del 20% de su población superando los 60 años. Los asilos improvisados en casas particulares se multiplican, las farmacias carecen de medicamentos para la hipertensión y la diabetes, y los abuelos —que deberían estar disfrutando de una vejez digna— se han convertido en el sostén económico de familias enteras, malvendiendo sus pensiones de 3.000 pesos mensuales (menos de 10 dólares) en el mercado negro para comprar un cartón de huevos. El Estado, que prometió una revolución para los humildes, ha abandonado a sus ancianos a la deriva de la caridad familiar y la diáspora.

Cuba: la nación que se extingue en silencio
Los ancianos viven una pobreza atroz

Jóvenes en fuga y natalidad por el piso

Pero si los ancianos son el lastre visible, los jóvenes son la hemorragia invisible. En los últimos seis años, más de un millón de cubanos han abandonado la isla, la mayor diáspora en la historia del país. No se van los corruptos ni los privilegiados: se van los médicos, los ingenieros, los maestros, los albañiles, los jóvenes que entienden que en Cuba no hay futuro, solo una espera interminable.

Las universidades se vacían, los hospitales pierden personal, las fábricas cierran por falta de operarios. Un país que expulsa a su fuerza productiva no está sufriendo una fuga de cerebros: está sufriendo una amputación de su propio cuerpo social.

Sin embargo, el factor más alarmante —y el que menos se discute— es el silencio de las cunas. Cada vez más parejas cubanas en edad reproductiva deciden no tener hijos, no por planificación familiar, sino por desesperanza material. ¿Para qué traer un niño al mundo si no hay leche en las tiendas, si los pañales cuestan una fortuna en el mercado negro, si las escuelas carecen de maestros y los hospitales de medicinas?

Los padres cubanos, con una lucidez cruel, han entendido que traer un hijo al mundo hoy es condenarlo a una infancia de privaciones. La natalidad se desploma no por elección, sino por renuncia. Un país donde los padres temen reproducirse es un país que ha perdido la fe en su propio mañana.

Cuba: la nación que se extingue en silencio
Hasta la otrora bulliciosa Rampa parece un desierto

¿El país o el poder?

Mientras tanto, el gobierno de Díaz-Canel mantiene la pantomima de la normalidad. Los discursos oficiales hablan de «resistencia» y «soberanía», los medios estatales celebran inauguraciones de obras inconclusas y los funcionarios posan sonrientes en actos protocolarios. La realidad, sin embargo, los desmiente cada día: las colas para el pan se alargan, los apagones se cronifican, los hospitales no tienen anestesia ni cirujanos y las morgues se llenan de ancianos que mueren de enfermedades tratables. El régimen ha convertido la negación en política de Estado, pero ninguna proclama puede revertir la aritmética implacable de un pueblo que se extingue.

Cuba se enfrenta hoy a un destino que ninguna revolución puede detener: el de convertirse en una nación fantasma, habitada por ancianos que esperan la muerte y por casas vacías que alguna vez fueron hogares. Si la tendencia no se revierte —y nada en el horizonte político sugiere que pueda revertirse—, la isla podría caer a menos de 6 millones de habitantes en las próximas dos décadas, menos de la mitad de lo que fue en su apogeo.

No será el bloqueo, ni el imperialismo, ni la conspiración extranjera lo que acabe con Cuba: será el silencio de las cunas, el éxodo de los jóvenes y la terquedad de un sistema que prefiere perder un país antes que perder el poder.

Comparte esta noticia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *