Cuba avanza, pero hacia dónde: el milagro de Marrero y la luz al final del apagón

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Hay que reconocerles una virtud a los gobernantes cubanos: incluso cuando el país parece deshacerse por las costuras, siempre encuentran una palabra alentadora. Manuel Marrero asegura que los resultados llegarán en 2027; Vicente de la O Levy defiende los avances del sector energético. Uno habla de reformas, el otro de electricidad. Y mientras ambos dibujan un horizonte prometedor, millones de cubanos siguen esperando que el presente les conceda, al menos, unas horas de luz.

¿De qué avance hablamos, señor primer ministro? ¿Del que se mide en normas jurídicas, reuniones y documentos, o del que una madre reconoce cuando puede cocinar sin mirar el reloj, conservar la comida en el refrigerador y acostar a sus hijos sin sudar en una habitación a oscuras? Marrero ha admitido que las reformas todavía no se traducen en una mejoría perceptible para la población. Es una confesión que desmonta buena parte del optimismo oficial: si la gente no siente los resultados, ¿para quién está avanzando la economía?

La respuesta del sistema eléctrico

El sistema eléctrico ofrece su propia respuesta. Termoeléctricas envejecidas, unidades fuera de servicio, falta de combustible y apagones que castigan hogares, hospitales, escuelas y centros de trabajo. El 16 de octubre, después de un incendio en una unidad de la central de Santa Cruz del Norte, se anunció una afectación simultánea prevista del 75,5 % del país durante el horario pico. En esas condiciones, hablar de avances energéticos sin explicar cuándo habrá un suministro estable se parece demasiado a anunciar la llegada del verano mientras cae nieve dentro de la casa.

Y la electricidad es apenas una parte de la calamidad. Hay familias que no pueden cocinar con normalidad ni conservar los pocos alimentos que consiguen; pacientes que necesitan medicamentos e insumos que faltan; escuelas golpeadas por la carencia de maestros y recursos; hospitales cuyo deterioro no se arregla con consignas. El transporte se ha convertido para muchos en una odisea, y los precios de los viajes privados entre provincias pueden resultar inalcanzables para hogares cuyos ingresos apenas cubren una parte de sus necesidades. ¿Qué indicador puede compensar esa realidad? ¿Qué gráfico logra llenar una olla vacía?

Los propios datos oficiales reconocen a 883.000 personas en situación de vulnerabilidad, una palabra administrativa de bordes suaves para una realidad bastante más áspera: personas que necesitan ayuda para sobrevivir. El Gobierno anunció para ellas una asignación adicional mensual de arroz, azúcar y granos hasta enero de 2027. La asistencia puede aliviar una necesidad inmediata, pero también plantea una pregunta incómoda: después de más de seis décadas de promesas de igualdad y bienestar, ¿cómo ha llegado el país a necesitar que cientos de miles de sus ciudadanos dependan de una ayuda alimentaria tan elemental? Y esa cifra oficial tampoco cuenta, por sí sola, toda la extensión de la pobreza.

La toma del pelo a la nación

El Observatorio Cubano de Derechos Humanos, en su estudio de 2026 basado en 1.318 entrevistas, calculó que el 94 % de la población vive en pobreza extrema. No es una cifra oficial ni debe confundirse con un censo universal; es una estimación independiente con una metodología propia. Pero la distancia entre ese resultado y la imagen de progreso que vende el poder no se resuelve descalificando al mensajero. Se resuelve explicando por qué tantos cubanos no pueden alimentarse bien, acceder a medicinas, reparar sus viviendas o confiar en que mañana tendrán electricidad. Cuando las estadísticas discuten con la propaganda, convendría escuchar también a quienes hacen cola para comprar comida.

Señores Marrero y De la O Levy: un país no avanza porque se anuncien medidas, se instalen paneles solares o se prometa que el año próximo será mejor. Avanza cuando la producción crece de forma sostenible, los servicios funcionan, los salarios permiten vivir y las familias recuperan la posibilidad de planificar su futuro. Si en 2027 llega la mejoría que ahora se promete, habrá que medirla en platos servidos, medicinas disponibles, transporte accesible y horas de electricidad, no en discursos. Porque la paciencia del cubano no es una fuente inagotable de energía, aunque lleve años funcionando sin combustible.

Los políticos suelen prometer que acabarán con la pobreza. En Cuba, después de tantas décadas, la promesa parece haber sufrido una pequeña modificación: acabar con la pobreza… la propia, mientras la ajena se administra por categorías y se atiende con una libra de azúcar, cinco de arroz y otra de granos. Quizá el ministro tenga razón y el país esté avanzando; lo que falta es aclarar si marcha hacia la recuperación o hacia el abismo. Porque cuando un pueblo pasa hambre, vive a oscuras y pierde la esperanza, llamar progreso a su sufrimiento no es optimismo: es tomarle el pelo a una nación entera.

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