
El hombre que se hizo inmune a las serpientes
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Bill Haast tenía siete años cuando atrapó su primera serpiente. A los doce, una mordedura venenosa lo tuvo una semana en el hospital. Lejos de apartarlo de los reptiles, aquel susto le confirmó que quería pasar la vida entre ellos.
Nacido en Paterson, Nueva Jersey, el 30 de diciembre de 1910, abandonó los estudios en la adolescencia, aprendió a manejar serpientes en espectáculos ambulantes y viajó por África, Asia y Sudamérica como mecánico e ingeniero de vuelo de Pan American Airways.
En 1947 abrió en Florida el Miami Serpentarium, un lugar que era a la vez espectáculo y laboratorio: allí extraía veneno de serpientes vivas, entre setenta y cien extracciones diarias en temporada, y lo enviaba a laboratorios para fabricar antivenenos.
Pero Haast tenía otro proyecto. El 18 de septiembre de 1948 comenzó a inyectarse veneno a sí mismo. Empezó con dosis mínimas y, con los años, fue incorporando sustancias de distintas especies hasta llegar a una inyección semanal con venenos de 32 serpientes. Quería que su cuerpo aprendiera a defenderse. La práctica era temeraria y no lo hizo invulnerable: en 1954 casi muere por la mordedura de un krait azul, una serpiente asiática que ataca el sistema nervioso, y en 1962 volvió al hospital tras recibir su primera mordedura de cobra real, la número 79 de su cuenta personal.
La sangre que salvó al niño
En marzo de 1967, un niño de cinco años agonizaba en Venezuela tras la mordedura de una serpiente coral. Las autoridades organizaron un operativo extraordinario: un avión militar y un helicóptero para trasladar a un hombre desde Estados Unidos. Ese hombre era Bill Haast. Cuando llegó, comprobaron que sus grupos sanguíneos eran compatibles. Donó aproximadamente medio litro de sangre, se la administraron al pequeño y el niño recuperó la conciencia. Al día siguiente, Venezuela lo reconoció como ciudadano honorario. No era la primera vez que su sangre servía de remedio de emergencia, ni sería la última.
Con el paso de las décadas, Haast sobrevivió a más de 170 accidentes con serpientes venenosas. Algunas lesiones le dejaron daños permanentes en las manos, y una mordedura sufrida pasados los noventa años le costó parte de un dedo y lo obligó a abandonar la manipulación habitual de reptiles. Aun así, siguió trabajando. Según los registros citados por su familia y sus colaboradores, donó sangre para ayudar a 21 pacientes, y todos sobrevivieron. Su laboratorio, además, contribuyó al suministro de venenos usados en la producción de antivenenos, especialmente contra las serpientes coral.
Haast estaba convencido de que sus inyecciones le habían beneficiado la salud. En 2006, con 95 años, declaró que podría convertirse en un ejemplo de los beneficios del veneno si lograba cumplir cien años. El 30 de diciembre de 2010 alcanzó esa edad. Murió el 15 de junio de 2011 en su casa de Punta Gorda, Florida, después de más de seis décadas dedicado a las serpientes. Nunca se demostró que las inyecciones le prolongaran la vida. Su sangre, en cambio, sí sirvió para transfusiones de emergencia, y los venenos que recolectó durante toda una vida ayudaron a fabricar tratamientos para otras personas mordidas por serpientes.
Lo que queda de Bill Haast no es la prueba de una teoría, sino la historia de una obsesión convertida en servicio. Un hombre que se dejó morder, pinchar y envenenar durante sesenta años no lo hizo para demostrar que era invulnerable, sino para que su cuerpo produjera algo útil para los demás. Murió a los cien años, sin que la ciencia confirmara su creencia, pero con veintiún pacientes vivos que, en circunstancias extremas, recibieron su sangre. La serpiente coral que casi mató a un niño venezolano en 1967 encontró, del otro lado del continente, a un hombre que llevaba veinte años preparándose para ese momento.



















