Primera clase para unos, sacrificios para otros

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Por Anette Espinosa

La Habana.- Gerardo Hernández ha salido en defensa de Aleida Guevara tras la polémica por su viaje a España en primera clase. Su argumento, según las palabras difundidas, es que si la organización que la invita puede pagarle ese pasaje, no existe motivo para escandalizarse. Hasta ahí, la explicación parece sencilla. El problema aparece cuando esa defensa se pronuncia desde una realidad cubana en la que miles de ciudadanos hacen malabares para comprar alimentos, sufren apagones interminables y ven cómo sus salarios pierden valor antes de llegar a sus manos. En esa Cuba, la primera clase no es solo un asiento más cómodo: también se convierte en símbolo de una distancia social difícil de ignorar.

La intervención de Paquito D’Rivera, quien increpó a Aleida después de verla sentada en primera clase, abrió un debate que va mucho más allá de la ubicación de una pasajera dentro de un avión. El asunto toca una vieja contradicción de la narrativa revolucionaria: la prédica de sacrificios colectivos convive con escenas de privilegio que despiertan suspicacias entre quienes cargan con las peores consecuencias de la crisis.

Si el pasaje lo paga una organización española, ese dato puede explicar quién asume el gasto, aunque no elimina el debate sobre la imagen pública de quienes pertenecen a una familia convertida durante décadas en emblema político.

Hernández intenta reducir la controversia a la envidia, una salida cómoda para esquivar el fondo de la discusión. Criticar la ostentación real o aparente de una figura pública no implica necesariamente querer ocupar su asiento.

También puede expresar el cansancio de una población obligada a escuchar discursos de austeridad, resistencia y sacrificio, sin ver esos mismos principios reflejados de manera convincente en todos los espacios del poder. La igualdad proclamada pierde fuerza cuando las diferencias materiales quedan expuestas ante los ojos de quienes apenas pueden costear un viaje ordinario, mucho menos imaginar uno en primera clase.

Aleida Guevara no tiene que viajar incómoda para demostrar solidaridad con los cubanos, ni existe razón para convertir un billete de avión en un juicio automático sobre su conducta. La cuestión política está en otro lugar: en la credibilidad de un discurso que exige sacrificios a la ciudadanía y después responde a las críticas con la palabra envidia.

El régimen ha construido buena parte de su legitimidad simbólica sobre la modestia, la igualdad y la denuncia de los privilegios ajenos. Por eso, cuando sus figuras quedan asociadas a comodidades inaccesibles para la mayoría, no basta con defender el precio del pasaje. También queda por explicar la enorme distancia entre la Cuba que se predica desde la tribuna y la que millones de personas padecen en su vida diaria.

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