
Alberto dijo ‘No’ a separarse de una Canadá cada vez más woke
Por Carlos Carballido ()
Dallas.- La provincia canadiense de Alberta votó de forma no vinculante sobre diez preguntas. En la décima, sobre la separación de Canadá, las proyecciones del 76 por ciento indican que apostaron por la permanencia bajo las directrices de Ottawa.
Las otras preguntas, sobre mayor control provincial de la inmigración, límites a servicios para no residentes permanentes, tiempos de residencia y requisitos de ciudadanía para votar, mostraban en conteos parciales mayorías sí (en torno al 55-57 % en las primeras), mientras las de reforma constitucional iban más reñidas o a favor del no.
Ese resultado no es una advertencia al gobierno federal liberal de Ottawa como se esperaba. Es un pasaporte para que Canadá consolide el mismo esquema europeo: estado de bienestar expansivo, altos niveles de inmigración, transferencias fiscales que redistribuyen la riqueza de las provincias productoras de recursos y un marco cultural y normativo que Alberta ha intentado limitar a nivel provincial.
Alberta recibe cero en pagos de equalización en 2026-27. El programa total ronda los 27 mil millones de dólares canadienses; Quebec se lleva más de la mitad.
Los albertanos contribuyen vía impuestos federales una porción significativa (estimaciones sitúan su aporte neto al programa en varios miles de millones anuales) mientras su gobierno provincial no recibe nada.
Desde 2007-2022 el saldo neto de Alberta con el gobierno federal superó los 244 mil millones de dólares canadienses según el Fraser Institute.
Alberta produce más pero tiene menos control
La provincia produce una fracción clave del petróleo y gas de Canadá y es el mayor exportador extranjero de crudo a Estados Unidos, pero cede control y renta.
Es cierto que el gobierno de Danielle Smith (United Conservative Party) ha sido bastante coherente contra el wokismo y sus ideologías, pero seguir bajo una Canadá cada vez más europea es un peligro para su propia población y un pasaporte a que al final los albertanos caigan bajo ese yugo ideológico.
Lo que la mayoría eligió el 19 de octubre es permanecer dentro del marco federal que genera esas fricciones y que financia el modelo redistributivo.
La decisión ilustra la advertencia socrática (vía Platón en La República). En la metáfora del barco del Estado, el dueño del barco es fuerte pero miope y sordo. Los marineros (políticos y demagogos) compiten por su favor con promesas y lisonjas, no con conocimiento de navegación. El verdadero marinero es ignorado.
La democracia, cuando prioriza la libertad sin orden ni expertise, degenera: primero en licencia, luego en demanda de orden impuesto por quien mejor manipula el deseo popular.
El 76 % eligió la ruta conocida —transferencias, servicios federales, narrativa de unidad— frente al riesgo de soberanía plena sobre recursos, inmigración y autodeterminación.
No puedo afirmar que esta decisión sea ignorancia total; pero es una clara preferencia por la comodidad del welfare state sobre el costo y la incertidumbre de la separación.
Las mayorías parciales en las preguntas de inmigración muestran que muchos quieren más control provincial, pero no estaban dispuestos a pagar el precio de iniciar el proceso de salida.
El temor a navegar
El “efecto Trump” fue malinterpretado. Amenazas de tarifas, aranceles y anexión (el “51.º estado”) no empujaron a Alberta hacia la independencia ni hacia una alineación más fuerte con el modelo estadounidense de soberanía energética.
Mark Carney usó explícitamente la presión externa para pedir unidad: “algunos fuera de nuestras fronteras trabajan para rompernos para poder poseernos”. Y los albertanos se lo creyeron
El resultado fue consolidación federal, no una advertencia para ir por otro rumbo.
Los separatistas, mayoritariamente de derecha y frustrados con políticas energéticas e inmigratorias de Ottawa, quedaron en minoría.
Algunos buscaron contactos en Washington, pero la mayoría de votantes prefirió el paraguas canadiense.
La apuesta es irreversible en la práctica. Una vez que una jurisdicción rica en recursos acepta el pacto de permanecer, el estado de bienestar gana prioridad sobre el estado que prioriza soberanía y autodeterminación a favor de su población concreta.
Europa ofrece el precedente: transferencias, multiculturalismo administrado y expansión del welfare han producido tensiones de cohesión, costes fiscales crecientes y pérdida de control fronterizo sin que las mayorías democráticas hayan revertido el rumbo.
Alberta acaba de confirmar, con números claros, que prefiere ese esquema al riesgo de navegar sola.
La democracia, como advertía Sócrates, no necesariamente elige lo mejor; elige lo que la mayoría percibe como menos disruptivo en el momento y ahí es donde está el peligro: la chusma siempre facilita el trabajo a los globalistas.



















