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title: El prisionero que desfiló ante un presidente
date: 2026-11-07T09:31:36Z
modified: 2026-11-07T09:31:36Z
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author: Redacción
timestamp: 2026-11-07T09:31:36Z
tags:
  - Curiosidades y Sociedad
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Por Rafa Junco ()

Madrid.- El 4 de marzo de 1905, un hombre de rostro curtido y mirada cansada cabalgó por las calles de Washington en el desfile de investidura de Theodore Roosevelt. Miles de personas lo vieron pasar. Aquel jinete era Gerónimo, y el gobierno que lo había invitado a desfilar seguía considerándolo, oficialmente, un prisionero de guerra. Llevaba casi diecinueve años sin libertad.

Gerónimo había encabezado la resistencia de los apaches chiricahuas contra los ejércitos de Estados Unidos y México mientras su pueblo perdía el control de las tierras donde había nacido. El 4 de septiembre de 1886 se rindió al general Nelson A. Miles tras una persecución militar que lo convirtió en leyenda y en fugitivo. En las negociaciones recibió promesas: el exilio sería temporal, podría reunirse con su familia. Ninguna de esas palabras se cumplió.

Las autoridades estadounidenses trasladaron a los chiricahuas a Florida y los mantuvieron bajo custodia militar. Muchos murieron de enfermedad durante aquellos años de cautiverio. Después fueron enviados a Alabama y, finalmente, en 1894, a Fort Sill, en el actual Oklahoma. Gerónimo nunca volvió a vivir en su tierra natal. La libertad prometida se fue deshaciendo en traslados, barracones y silencios oficiales.

Con los años, el hombre que miles de soldados habían perseguido se convirtió en una atracción pública. En 1904 el gobierno autorizó su participación en la Exposición Universal de San Luis, donde vendía fotografías y autógrafos. En su autobiografía contó que cobraba entre diez y veinticinco centavos por firma y podía ganar hasta dos dólares diarios. El antiguo guerrero se había transformado en un espectáculo rentable para otros y una condena para él.

## De la persecución a la vitrina: la libertad que nunca llegó

Al año siguiente recibió permiso para viajar a Washington y desfilar junto a otros cinco representantes indígenas. Aprovechó el viaje para pedir personalmente su libertad. En una reunión en la Casa Blanca, solicitó a Roosevelt que le permitiera regresar a Arizona con los demás prisioneros apaches. Quería terminar sus días en las tierras donde había nacido y ser enterrado allí. Roosevelt rechazó la petición: argumentó que todavía existía demasiada hostilidad hacia los apaches en el suroeste y que su regreso podía provocar nuevos enfrentamientos.

Gerónimo regresó a Fort Sill. En 1906 publicó su autobiografía y la dedicó al presidente con la esperanza de que algún día hiciera justicia a su pueblo. Esa autorización nunca llegó. En febrero de 1909, después de caer de su caballo y pasar una noche expuesto al frío, enfermó de neumonía. Murió el 17 de febrero, todavía bajo la condición de prisionero de guerra. Fue enterrado en Fort Sill, lejos de Arizona.

 Los chiricahuas supervivientes dejaron de ser considerados prisioneros de guerra en 1913, cuatro años después de su muerte. Gerónimo pasó los últimos veintidós años de su vida bajo custodia estadounidense. Pudo desfilar ante un presidente, vendió su fotografía, firmó autógrafos. Lo que nunca consiguió fue permiso para volver a casa.

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