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title: El Atolón de Mururoa
date: 2026-10-18T10:37:41Z
modified: 2026-10-18T10:37:41Z
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excerpt: En los 90, La Habana se sentía una prisión. Un plan descabellado para escapar a través del Atolón de Mururoa y las enseñanzas orientales marcaron un antes y un después.
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featured_image_alt: En la foto, ensayo nuclear francés en el atolón de Mururoa
author: Redacción
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Por Renay Chinea ()

Barcelona.- Nunca se los dejaré de contar. Y quisiera que, cuando la noche temblorosa del Alzheimer comience a bajarme las cortinas del recuerdo, una voz, un nieto, me vuelva a pedir que se lo cuente, como en aquellas películas de antaño, donde existía el amor… y los abuelos se reunían con los nietos junto al fuego, a contarles los mismos viejos cuentos de ayer.

Por aquellos años de la Gran Estupidez en La Habana de los 90, decidí largarme.

Debería estar escrito en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre el derecho a largarse. Un simple artículo que diga: «Toda criatura nacida de vientre de Homo sapiens tiene derecho a largarse palapinga de donde nació». Y punto.

Es más, yo mismo me encargo de arreglar lo que a ustedes les parece un rollo.

Pero ese proyecto se los desvelaré más adelante.

Yo estaba en La Habana. Y me despertaba, y La Habana era la roca más grande del mundo sobre mis espaldas.

Por aquellos días, había decidido ocupar mi tiempo y matricular en la Alianza Francesa para mejorar mi francés.

Hasta me había leído el famoso Sísifo, de Albert Camus, y descubrí que los griegos lo explicaban todo con un gran poema, una gran leyenda o un buen mito.

Pero día tras día me levantaba otra vez del camastro y no lograba explicarme qué coño hacía yo allí. Otra vez cara a cara, La Habana y yo.

No se vayan a pensar que estamos hablando de un imberbe estudiante. No. Ya yo había pasado los 25 y, una noche, conocí a mi querido amigo Yassef Anandas, que lee estas líneas y era un verdadero adelantado del pensamiento y la filosofía indo-oriental.

Anandas, que así se hacía llamar, es lo más parecido a un monje que usted haya visto: no comía carne ni siquiera en aquellas circunstancias en La Habana de la Gran Estupidez, dormía en el suelo, en una estera, meditaba… y seguía las doctrinas de la unidad de pensamiento-palabra-acción, de Mahavira, el XXIV Tirthankara, quien vivió 500 años antes de Cristo.

O sea, se divertía un montonazo conmigo… que era vegetariano-carteriano; o sea, cuando se me acababa el dinero y pasaba más hambre que un asceta jainista. Porque luego, si vendía una caja de Habanos en el contrabando, ¡me comía cuatro chuletas de un viaje!

Anandas y yo caminábamos La Habana a pie, de una punta a la otra… siempre charlando acerca del budismo, el jainismo, el Bhagavad Gita, esa maravilla que es el Arthashastra de Kautilya… hasta la Historia de Coomaraswamy.

Y siempre, de vuelta a casa —yo vivía pasando el Puente de Hierro… y él, un poco más adelante, por 31— siempre la enriquecedora charla… acababa en la misma cuestión:

—Asere, dime una cosa: está muy lindo el Panchatantra y «Pancha plancha con cuatro planchas»… pero ¿cómo pinga me largo de aquí?

Y las carcajadas de Anandas retumbaban en el parque de frondosos árboles del frente de mi casa.

Una noche de aquellas, me puso la mano en el hombro y me soltó: «Lao Tse, capítulo 48 del Tao Te Ching: “No hagas nada… y todo el trabajo será hecho”».

—No me jodas… ¡Tengo que encontrar algo para largarme!

Y Anandas se reía:

—Entonces, aplica el capítulo anterior, el 47: «Mientras más buscas, menos encuentras…» —y se iba envuelto en una risilla medio burlona, medio sabionda y completamente desesperanzadora.

Debo decirles que el truco budista no daba resultados.

—¡Desapego, mi amigo… desapego…!

—¿No viste lo que hizo Arjuna desde el carro de combate con el mismo Krishna de chofer?

Nada. Lo oriental no funcionó. Aquello de esperar que el destino decidiera por mí casi me manda al manicomio. Y La Habana seguía, año tras año, siendo los barrotes coloniales de una gran prisión.

La ciudad abría los ojos, y los abría yo. Me miraba y sentía el destino tenebroso de un hombre que no quería estar allí… pero tenía que cargar cuesta arriba el destino terco de su pesada existencia.

Y una y otra vez, volvía al libro de Camus: Sísifo estaba condenado a cargar su piedra eternamente y ese era su destino. ¿Pero por qué?

¡Ah, amigos! Sísifo delató al dios Zeus… lo echó palante con el padre de la jeba que se raptó. Luego Zeus le mandó a Tánatos, el encargado de la muerte, y Sísifo se las arregló para amarrarlo por una pata a unas rocas, de modo que nadie podía morir… qué afrenta. Y luego, en el infierno, hizo otra travesura más que no recuerdo…

¿Y yo? No chivatié a nadie… no amarré a nadie… y seguía cada mañana allí.

Una cosa tienen clara los orientalistas: lo que eres atrae a los demás que son como tú. Y mis amigos y yo estábamos todos en las mismas.

Así fue que una noche me encontré con Michel, el Loco Pianista, y nació un plan.

Por aquellos días, Francia se había buscado la repulsa internacional por hacer ejercicios militares con fuego nuclear en un enclave perdido del Pacífico que ustedes recuerdan: el Atolón de Mururoa.

El Loco era famoso porque, efectivamente, estaba loco. Nadie recuerda qué trastorno tenía, que se había refugiado en el piano y tocaba como los dioses. Podía tocar melodías enteras sin partituras y no cometía el más mínimo error.

Se hizo conocido el día que Fidel Castro visitó el Hospital Psiquiátrico de Mazorra y se quiso congraciar con él.

Estaba el Loco tocando el piano cuando alguien lo interrumpió…

—Es que el Comandante quiere que le toques algo, Míchel…

Y Míchel se dio la vuelta y vio aquel mamarracho verde oliva, parado allí, con sonrisa falsa de muñecón de carnaval y gorra de cotillón.

Míchel se levantó. Tenía unos ojos azules muy penetrantes y vivos. Era apuesto, bien plantado. Se detuvo delante de Fidel y le clavó en los ojos su pupila azul:

—Usted es un tronco de dictador. Para usted no tocan estas manos… —Y salió echando espumas por la boca, ante el nerviosismo generalizado de los sabuesos de Fidel.

—No le hagan nada —dijo el Diablo… y salió de allí.

A veces, años después, nos juntábamos en la casona del Vedado donde vivía solo, por 26 y 23, al lado del Danubio, para escucharle tocar el piano. Michel también estaba loco por irse. Y nuestro saludo solía ser:

—Bueno, ¿qué… pa dónde nos largamos… y cuándo?

Y nos dábamos la mano.

—¡Lo tengo! —me dijo una noche, muy decidido.

Me estrechó la mano… y me puso encima aquellos terribles ojos azules de loco.

—¡Me largo primero para Francia y de allí, para el Atolón de Mururoa! Ya hablé con el cónsul francés. Hacen falta voluntarios secretos… para demostrar que la radiación afecta la vida a niveles tolerables para el ser humano… ¡Y me pienso ir!

Y ahí me desarrolló una teoría sobre lo seguro que era el viaje que a él le habían aprobado ya. Todo bajo supervisión de científicos franceses…?

—No se lo digas a mucha gente —me pidió.

Esa noche empezó tocando «Los paraguas de Cherburgo», de Legrand… y todo un repertorio francés, desde Claude Debussy a Satie.

A la mañana siguiente, me fui entusiasmado a averiguar por aquello, al consulado francés, que estaba a unas cuadras de mi casa, en Miramar.

Por el camino, decidí que tocaría el timbre y hablaría en francés. Me sentí capaz.

—Bonjour… —le solté a la voz en castellano con acento latinoamericano que me respondió al intercomunicador.

… J’aimerais parler à quelqu’un d’un truc un peu particulier… Y la tipa me respondió secamente:

—Un momento.

Y me pasó a un francés.

—¿Qué necesita, señor?

—Mire, quería hablar con usted porque estoy interesado en el proyecto del atolón…

Y el hombre me interrumpió con una carcajada…

—¿Pero otro más? ¿Quién diablos anda regando ese rumor por La Habana?

Y lo escuchaba reír de buena gana. Cortésmente, me aclaró que Francia no estaba otorgando visado a ningún cubano, por ningún motivo.

Y yo me quedé al sol de la mañana en Miramar, sin nada que decir. O mucho… No sé.

Anandas después de haber pasado varios años en La India, donde hizo una película y aprendió hindi, hace más de 20 años vive en Beijing. Casi el mismo tiempo que llevo en España yo. Pasamos largos tiempos sin saber uno del otro.

Tenemos prometido encontrarnos.

El Loco Míchel finalmente se fue a dar clases de música en la Universidad de Córdoba, en Argentina. Nunca más supe de él.

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