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title: Cuba se nos está quedando sin cubanos
date: 2026-10-15T00:41:51Z
modified: 2026-10-15T00:41:51Z
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excerpt: Cuba se desangra demográficamente. La emigración masiva, el envejecimiento y la baja natalidad plantean un futuro incierto. ¿Se quedará la isla sin cubanos?
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author: Redacción El Vigia de Cuba
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Por Héctor Miranda (Tomado de Facebook)

La Habana.- Esta mañana, después de dar muchas vueltas en la cama, cansado ya de no poder dormir, busqué en YouTube algo interesante para ver. Dejé correr el cursor sobre documentales acerca de Siberia, el Volga, la creación del universo y la vida en la Tierra, hasta que me detuve en uno sobre la supuesta desaparición del planeta. Lo vi durante unos minutos y me sobrecogió. Sentí el pecho apretado al imaginar que algún día no habrá seres humanos sobre la Tierra, aunque para eso tendrían que transcurrir millones de años.

Después de un rato de desasosiego, me sacudí aquella sensación y puse el resumen del partido entre los Guardians de Cleveland y los Rays de Tampa Bay, correspondiente a la Serie de Campeonato de la Liga Americana de las Grandes Ligas. Pero, un rato después, volví a pensar en lo mismo. Y también volví a preguntarme por qué me preocupaba tanto aquella posibilidad remota, cuando hay razones mucho más cercanas para perder el sueño.

Antes de que el Sol muera y la vida en la Tierra desaparezca, Cuba podría quedarse sin una parte considerable de su gente. O, al menos, hacia allá vamos los cubanos: entre el éxodo, el envejecimiento y la caída de los nacimientos, llegará un momento en que la Isla tendrá muchos menos habitantes que los que tuvo durante buena parte de su historia reciente.

La crisis demográfica cubana no es una especulación. Las cifras oficiales indican que, al cierre de 2025, el país tenía unos 9,4 millones de habitantes y que el 26,7 por ciento de la población tenía 60 años o más. Ese mismo año se registraron apenas 68.064 nacimientos, mientras las muertes y la emigración empujaban la población todavía más hacia abajo. No se trata solo de que nazcan menos niños: también se van quienes podrían tenerlos, trabajar, producir y sostener el país.

Hubo un tiempo en que, para disponer de la fuerza de trabajo que necesitaba la colonia, España recurrió a la esclavitud y trajo a miles de africanos, sometidos a una explotación brutal que también dejó una profunda huella en nuestra composición social y cultural. Hoy, ante la pérdida de población, uno podría preguntarse, con una mezcla de ironía y amargura, si algún día habrá que buscar personas en la India, como ocurrió en Trinidad y Tobago, o en China, para repoblar el país. No solo para trabajar en el tabaco, el café o la caña, si es que alguna vez conseguimos recuperar una industria azucarera que durante décadas fue parte esencial de nuestra economía.

La población cubana envejece aceleradamente, y una proporción cada vez mayor de sus adultos mayores vive en condiciones difíciles, con pensiones que no alcanzan para sobrevivir ni una semana. En un país donde la jubilación de muchos se mide en unos pocos miles de pesos, el dinero pierde valor frente a los precios de los alimentos, los medicamentos y los productos más elementales. Un pomo de aceite puede convertirse en un lujo, y llenar la jaba para la semana, en una operación que exige hacer cuentas, renunciar a algo y volver a hacerlas.

Se salvan, en parte, quienes tienen hijos, hermanos o nietos fuera de Cuba que pueden enviarles dinero, alimentos o medicamentos. Pero esas remesas, por útiles que sean, no resuelven todos los problemas. Tampoco sustituyen el abrazo, la conversación en la sala ni la presencia de quienes se marcharon. No hay paquete que compense del todo la ausencia de un hijo, ni transferencia bancaria capaz de llenar la silla vacía de una familia.

Al mismo tiempo, quien tuvo alguna posibilidad de irse, muchas veces lo hizo. Cientos de miles han marchado hacia Estados Unidos; otros han elegido España, Rusia, Brasil, Uruguay, México, Costa Rica o cualquier otro país que les ofrezca una oportunidad. El destino importa, pero cada vez parece importar menos que la posibilidad de salir.

## Irse es, para muchos, la prioridad número uno

Conozco jóvenes a quienes les he preguntado por qué no quieren estudiar una carrera universitaria. Su respuesta suele dejarme sin argumentos: ¿para qué, si al final lo que quieren es emigrar? ¿Para qué invertir años en una profesión si no ven en su propio país la posibilidad de ejercerla, ganar un salario digno y construir un proyecto de vida?

Es difícil pedirles que sueñen con quedarse cuando la realidad cotidiana les enseña a preparar la partida.

Siempre habrá quien diga, con énfasis y solemnidad, que la emigración cubana es consecuencia de los cantos de sirena que llegan del norte. Como si la Antemóesa, aquella tierra de la mitología griega donde las sirenas atraían a los navegantes, estuviera únicamente al otro lado del estrecho de la Florida.

Quienes sostienen esa explicación olvidan algo elemental: las sirenas están en todas partes. Los cubanos se marchan a cualquier lugar donde puedan trabajar, recibir un salario digno y vivir sin pasar hambre, sin tener que depender de la ayuda de sus familiares y sin verse empujados a sobrevivir como puedan. No todos persiguen el sueño americano. Muchos persiguen algo bastante menos espectacular: una vida normal.

## Y no emigran solamente los jóvenes

Personas de 60 años o más también hacen trámites, reúnen documentos y buscan la manera de marcharse. En grupos de Facebook aparecen imágenes de cubanos mayores que llegan a Curitiba, la ciudad brasileña donde se ha asentado una comunidad creciente de compatriotas. Otros ultiman sus gestiones para instalarse en España, conscientes de que encontrar trabajo a determinada edad puede ser difícil, pero convencidos de que, aun con obstáculos, tendrán más oportunidades de salir adelante que en la Isla.

Entre esas personas hay médicos, economistas, periodistas, ingenieros, campesinos y trabajadores de muchos otros oficios. Conozco a varios que hasta hace poco llevaban una vida relativamente tranquila y jamás imaginaron que tendrían que empezar de cero en otro país. Algunos construyeron sus casas durante años, criaron a sus hijos, trabajaron toda una vida y llegaron a una edad en la que esperaban descansar, disfrutar de sus nietos y vivir sin sobresaltos. Ahora deben pensar en pasaportes, permisos, pasajes, alquileres y en la difícil tarea de aprender a vivir otra vez.

Es una de las caras más dolorosas de este éxodo: gente que no se marcha para conquistar el mundo, sino porque siente que ya no puede quedarse en su propia casa.

Ahora mismo tengo más amigos fuera que dentro de Cuba. De hecho, yo también estoy fuera. Y, entre los que conozco, la mayoría quiere marcharse. Quienes no lo hacen, muchas veces, es porque no pueden: porque no tienen los documentos necesarios, porque no consiguen demostrar las raíces españolas de un bisabuelo o porque cuidan a alguien a quien no pueden abandonar para emprender la aventura de una nueva emigración.

Otros tendrían que atravesar rutas peligrosas, pasar por Guyana y Roraima o confiar su suerte a intermediarios que cobran por guiarlos y que no siempre ofrecen garantías. Las rutas cambian, los países endurecen sus controles y las oportunidades se cierran. Pero el deseo de marcharse permanece.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y el endurecimiento de las políticas migratorias estadounidenses han complicado las posibilidades de llegar a Estados Unidos. Sin embargo, basta conversar con los cubanos para comprender que las restricciones no han eliminado las causas que los empujan a emigrar. Si una puerta se cierra, muchos buscan otra; si una ruta deja de funcionar, preguntan por una diferente. Y uno no puede evitar pensar que, si las circunstancias hubieran sido otras y la salida hubiese continuado al ritmo de los años más intensos del éxodo, la Isla tendría hoy tal vez la mitad menos de habitantes.

La situación debería encender todas las alarmas. Pero no parece ocupar el lugar que merece en las prioridades de quienes gobiernan. Mientras el país pierde población, se multiplican las reuniones, los actos oficiales, los discursos y los podcasts en los que se insiste en que la responsabilidad de las crisis está fuera. El bloqueo estadounidense es una realidad que condiciona la economía cubana, pero convertirlo en explicación de todos los males no resuelve la falta de alimentos, los apagones, la precariedad de los hospitales, el deterioro de las farmacias ni la incapacidad de aprovechar las tierras fértiles y el clima de la Isla.

Un gobierno no puede limitarse a explicar por qué fracasa. Tiene que preguntarse qué puede hacer para dejar de fracasar. Y, sobre todo, debe preguntarse qué futuro ofrece a sus ciudadanos para que no sientan que la única manera de vivir dignamente consiste en marcharse.

Porque el problema no es únicamente cuántos cubanos quedan. Es quiénes quedan, qué edades tienen, qué condiciones de vida soportan y qué posibilidades existen de que los jóvenes decidan formar una familia sin tener que hacer antes las maletas. Es también quién cuidará a los ancianos cuando sus hijos estén a miles de kilómetros, quién ocupará los puestos de trabajo que quedan vacíos y quién tendrá fuerzas y motivos para reconstruir lo que se ha deteriorado durante tantos años.

La emigración no se lleva solamente personas. Se lleva experiencia, conocimientos, afectos, proyectos y buena parte de la esperanza de una nación. Cada familia dividida es una pequeña herida; millones de despedidas terminan convirtiéndose en una crisis de país.

Con preocupaciones tan cercanas, ¿qué hace un cubano, viva donde viva, angustiado por el destino remoto del planeta? ¿Para qué desvelarse pensando en la desaparición de la humanidad dentro de millones de años, si en su propia tierra se está perdiendo gente ahora mismo?

Quizá sea mejor seguir los partidos de las Grandes Ligas, disfrutar de la Champions o engancharse a la serie de turno en Netflix. Quizá convenga dejar de lado esos documentales que nos aprietan el pecho con catástrofes lejanas. Aunque hay algo que ni el mejor partido ni la mejor serie pueden borrar: mientras esperamos que el mundo no se acabe algún día, Cuba corre el riesgo de quedarse sin cubanos mucho antes de que el Sol empiece siquiera a despedirse.

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