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title: ¿Para qué sirve un gobierno así?
date: 2026-10-06T19:11:05Z
modified: 2026-10-06T19:11:05Z
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excerpt: "Los cubanos se preguntan a diario: ¿para qué sirve un gobierno que no resuelve? Un análisis crítico sobre la abdicación y el abandono."
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author: Redacción
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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Hay una pregunta que los cubanos nos hacemos cada día, en las colas para cualquier cosa, en el apagón, en la farmacia vacía, en la escuela sin maestro, en el hospital sin gasa: ¿para qué sirve un gobierno así? Porque gobernar no es solo ocupar palacios, cobrar dietas, viajar en caravana y aparecer en la televisión cortando una cinta.

Gobernar es resolver. Y este gobierno lleva años, décadas, quitándose de encima una responsabilidad tras otra, como quien se sacude el polvo de los hombros. Primero se desentendió del campo, después de la industria, luego de la salud, de la educación, del transporte, del agua, de la electricidad, de los ancianos, de los niños. Hoy ya ni disimula: ha convertido la abdicación en método de gobierno.

Que nadie se llame a engaño. No estamos ante un gobierno ocasional, ante un ejecutivo que heredó el poder de un partido distinto y que ahora paga culpas ajenas. No. Es el mismo gobierno, el mismo partido, la misma estructura de poder que un día decidió que el Estado debía ser dueño de todo. Los apellidos han cambiado, las caras se han renovado, pero la mano que firma los decretos es la misma que firmaba en 1960. Los hijos, los nietos y dos o tres satélites bien alimentados ocupan hoy los sillones que antes ocuparon sus padres y abuelos. La continuidad no es un accidente: es el proyecto. Y el proyecto siempre fue el mismo: que nada se mueva sin permiso, que nadie respire sin autorización, que todo dependa del Estado.

## El atraco perfecto: nacionalizarlo todo, hasta el sillón del limpiabotas

Conviene recordarlo, porque a fuerza de repetirlo se nos olvida. Este gobierno nacionalizó todo. Las grandes industrias, sí. Las grandes extensiones de tierra, también. Pero no se detuvo ahí: nacionalizó la bodega, el taller, la barbería, la fonda, el carrito de dulces, el puesto de periódicos y hasta el sillón del limpiabotas.



Todo pasó a manos del Estado. Y una vez consumado el atraco, con alevosía y ventaja, dejó a los cubanos dependiendo absolutamente del gobierno para comer, para vestir, para vivir. Solo a los campesinos les dejó un pedazo de tierra, una pequeña extensión, pero con una condición: tenían que venderle obligatoriamente al Estado lo que produjeran. Es decir, ni siquiera el campesino era libre. El Estado se quedaba con el fruto de su sudor, le pagaba lo que quería y luego le vendía caro lo que necesitaba. Ese fue el pacto fundacional: tú trabajas, yo decido.

Al principio, para disimular el despojo, apareció la libreta de racionamiento. Aquella libreta te decía qué podías comer, qué podías ponerte, cuánto arroz, cuánto aceite, cuánta azúcar, qué tipo de grano, qué marca, qué cantidad. Era la cartilla de la escasez administrada. Pero el tiempo pasó, y lo que era poco se volvió menos.

La libreta fue adelgazando, perdiendo renglones, hasta que los herederos de aquellos gobernantes del principio —los hijos, los nietos, los satélites— terminaron por quitar hasta eso. Hoy la libreta es un papel amarillento que nadie usa, porque nada trae. La escasez ya no se administra: se abandona. Y el gobierno, que un día prometió repartir, hoy reparte migajas y las llama solución.

## Nunca invirtieron en nada: solo en hoteles

Aquí está la prueba del delito, la que desnuda todas las mentiras. Durante años, este gobierno tuvo millones. Millones de dólares, de euros, de rublos, de lo que fuera. ¿En qué los invirtió? No en generar electricidad. No en reparar la red hidráulica. No en hacer carreteras. No en tender vías férreas. No en sembrar caña, ni café, ni tabaco. No en construir hospitales ni escuelas. No.

Invirtió en hoteles. Hoteles para turistas, hoteles de lujo, hoteles que el cubano de a pie jamás pisará. Los millones se fueron en habitaciones con aire acondicionado mientras los barrios se quedaban sin agua y sin luz. Se construyeron hoteles mientras se caían los puentes. Se compraron autobuses para turistas mientras los trabajadores caminaban bajo el sol. Ese fue el modelo: atender al de afuera y abandonar al de adentro. Y ahora, cuando el turismo se desploma, el país entero se desploma con él.

Hace unos días, el primer ministro Manuel Marrero dijo, con la seriedad de quien cree haber encontrado la fórmula mágica, que el gobierno estaba en condiciones de darle cinco libras de arroz, una de frijoles y una de azúcar a unas 800 mil personas desprotegidas. Ochocientas mil. Es decir, más o menos el diez por ciento de los pobres, de los que pasan hambre. Y lo dijo como si fuera un logro, como si con eso se alimentara una persona, como si cinco libras de arroz resolvieran el hambre de un pueblo.

¿Cree el primer ministro que con eso se come un mes? ¿Cree que con haberse desentendido de los ancianos, de las escuelas, de los pobres, de los hospitales y del transporte, resuelve el problema? ¿Creen que con las 176 medidas famosas, por arte de magia, el campo volverá a producir? ¿Creen que habrá corriente y ropa, leche y carne? No, señor primer ministro. Eso no es gobernar: eso es limosnear al pueblo lo que le robaron.

## Un país muerto, un Estado fallido

El resultado de todo esto está a la vista. Cuba es hoy un país muerto, un Estado fallido, un territorio en ruinas donde la gente no emigra por gusto sino por hambre, donde los jóvenes se van y los viejos se quedan, donde las madres no saben qué darle de comer a sus hijos, donde la palabra futuro se ha convertido en un chiste cruel. Y todo esto no es un accidente, no es una desgracia natural, no es culpa del bloqueo ni del clima ni del destino. Es la consecuencia directa de decisiones tomadas por hombres concretos, con nombres y apellidos, que durante décadas prefirieron el poder al bienestar, la obediencia a la prosperidad, el control a la libertad.

Por culpa de todos los descarados —de los Castro, de Díaz-Canel, de Marrero, de los generales de antaño y de ahora— Cuba es lo que es: un cementerio de promesas, un gobierno criminal.

Volvamos a la pregunta del principio, que es la única que importa. ¿Para qué sirve un gobierno así? Un gobierno que no garantiza agua, ni luz, ni comida, ni medicinas, ni escuelas, ni transporte, ni futuro, ¿para qué sirve? Un gobierno que solo sabe cobrar impuestos y poner multas, controlar, perseguir, encarcelar y callar, ¿para qué sirve? Un gobierno que le quitó todo a su pueblo y luego le ofrece cinco libras de arroz como quien lanza una limosna, ¿para qué sirve?

La respuesta es simple y terrible: no sirve para nada, salvo para perpetuar a quienes lo dirigen. Y esos hombres, los que han llevado a Cuba al abismo, los que se enriquecieron mientras el pueblo se empobrecía, los que invirtieron en hoteles mientras el país se caía a pedazos, deberían ser juzgados por crímenes de lesa humanidad. No se trata de venganza: se trata de justicia. Porque un gobierno que abandona a su pueblo no merece gobernar, y quienes lo hicieron deben rendir cuentas. Cuba no está muerta: está secuestrada. Y mientras eso no se entienda, la pregunta seguirá flotando en el aire, sin respuesta, en cada apagón, en cada cola, en cada lágrima.

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